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¿Por qué sabe distinta la comida de avión?

Materagourmet, julio 2018



Ofrecer comida a más de 9.000 metros de altura constituye un gran reto. Las limitaciones de servir comida en el avión son importantes, no sólo por la cuestión de espacio y de gestión de la comida, sino porque son productos que tras procesarse en tierra, requieren cierta elaboración en un espacio muy reducido y condicionado por estrictos parámetros de seguridad, una vez a bordo.

Las compañías aéreas buscan agradar lo máximo posible a sus pasajeros, y se esfuerzan por adaptarse a los gustos y a sus requisitos alimentarios o culturales.

Hoy en día es común que nos pregunten por el menú que deseamos tomar cuando reservamos un vuelo. Las opciones para diabéticos, sin gluten o sin lactosa son las más comunes, sin olvidar las variantes para veganos, kosher o halal.



Por si esto fuera poco una investigación realizada por expertos del Instituto Fraunhofer de Física de la Construcción IBP, concluye que el gusto se altera en situaciones de vuelo; el sabor de la sal y del azúcar puede llegar a disminuir con la altura, incluso puede verse afectada la percepción de frescura. A medida que el avión va ganando altura, se produce un cambio en la presión de aire que adormece un tercio de las papilas gustativas.




Según sus resultados, «la sal se percibe entre un 20%-30% menos y el azúcar entre un 15%-20%». El cambio de gusto también explicaría porqué el jugo de tomate es mucho menos ácido en el aire que en el suelo.

Los expertos apuntan varias razones por las que la percepción de los olores y los gustos es distinta en el aire que en el suelo. Por un lado, la baja presión del aire en el avión reduce ligeramente la saturación de oxígeno en la sangre, y por tanto nuestra respuesta a los estímulos. Por otro, la baja humedad relativa limita la respuesta de los receptores olfativos y gustativos.

Matera Gourmet

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